Nuestra señora de las flores
Ahí donde se repta.
Entre presagios y señales.
Sudor, semen, sangre; mi dios, ternura... corazón.
Metamorfosis del milagro, la traición.
Una línea (hermosa línea) que encierra mi soledad.
Epitafio.
Un rinconcito feroz, el bienamado.
La oscura sonrisa.
Un retrato del cielo.
... Son sus sexos floridos de los cuáles no sé ya si son lirios o si lirios y sexos no son ellos del todo, hasta el punto que por la noche, de rodillas y con la imaginación abrazo sus piernas: tanta rigidez, da conmigo en tierra, hace que los confunda, y el recuerdo que doy de buena gana como alimento para mis noches, es el tuyo que cuando lo acariciaba permanecía inerte, estirado; solo tu verga con la aspereza repentinamente perversa de un campanario que revienta una nube negra, de un alfiler para sombreros que pincha un seno.
No te movías, no dormías, no soñabas: te habías fugado inmóvil y pálido, helado, recto, tenido y tieso en la cama como un féretro en el mar y yo sabía que éramos castos mientras, atento, te sentía desaguar dentro de mí, tibio y blanco, por sacudidas breves y repetidas.
Quizá estabas jugando a gozar. En la cumbre del momento, un éxtasis tranquilo te iluminaba, rodeando tu cuerpo de bienaventurado un nimbo sobrenatural como un manto que desgarrabas con la cabeza y los pies.
Ahí donde se repta.
Entre presagios y señales.
Sudor, semen, sangre; mi dios, ternura... corazón.
Metamorfosis del milagro, la traición.
Una línea (hermosa línea) que encierra mi soledad.
Epitafio.
Un rinconcito feroz, el bienamado.
La oscura sonrisa.
Un retrato del cielo.
... Son sus sexos floridos de los cuáles no sé ya si son lirios o si lirios y sexos no son ellos del todo, hasta el punto que por la noche, de rodillas y con la imaginación abrazo sus piernas: tanta rigidez, da conmigo en tierra, hace que los confunda, y el recuerdo que doy de buena gana como alimento para mis noches, es el tuyo que cuando lo acariciaba permanecía inerte, estirado; solo tu verga con la aspereza repentinamente perversa de un campanario que revienta una nube negra, de un alfiler para sombreros que pincha un seno.
No te movías, no dormías, no soñabas: te habías fugado inmóvil y pálido, helado, recto, tenido y tieso en la cama como un féretro en el mar y yo sabía que éramos castos mientras, atento, te sentía desaguar dentro de mí, tibio y blanco, por sacudidas breves y repetidas.
Quizá estabas jugando a gozar. En la cumbre del momento, un éxtasis tranquilo te iluminaba, rodeando tu cuerpo de bienaventurado un nimbo sobrenatural como un manto que desgarrabas con la cabeza y los pies.

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